Esta pieza está escrita bajo los efectos del propofol. Los hechos narrados son verídicos. Solo se han modificado los nombres y el lugar para mantener a sus protagonistas en el economato.
Hace meses.
Vibra el móvil. Será algún acreedor. No, en la pantalla aparece un símbolo de un edificio y pone: “Hospital de Puerto Hurraco”. Contesto.
—Buenos días. ¿Señor Paquito?
—Buenos días. Sí, dígame.
—Le llamo del hospital sobre la cita para la endoscopia. Hay un hueco para el 7 de noviembre a las 19:40. ¿Le viene bien cambiarla?
—¿De noviembre de 2025?
—Sí, claro.
—Estupendo entonces, cámbiemela, por favor. Se lo comentaba porque la primera que me agendaron era para finales de 2026.

El lunes pasado.
Vibra el móvil. Será algún acreedor. No, en la pantalla aparece un símbolo de un edificio y pone: “Hospital de Puerto Hurraco”. Contesto.
—Buenos días. ¿Señor Paquito?
—Buenos días. Sí, dígame.
—Le llamo del hospital sobre la cita para la endoscopia. Ha fallado un paciente —probablemente la haya diñado esperando, pienso— y le podríamos adelantar la endoscopia del viernes a las 17:30.
—Me viene de maravilla. Gracias.
—¿Se trata de gastroscopia o colonoscopia?
—Gastroscopia.
—Ya sabe que ha de venir en ayunas de ocho horas. Puede beber agua hasta tres horas antes de la prueba.
—¿Quiere sedación?
—Por supuesto.
Hoy.
—¿Sr. Paquito?
—Soy yo.
—Acompáñeme —«Una noche más…», canturreo en mi cabeza.
—Firme el consentimiento de la prueba y de la sedación. ¿Tiene pegatinas?

—Dejé de comprarlas al llegar a la pubertad.
—No, pegatinas suyas del hospital.
—No, disculpe.
—No se preocupe.
En una sala con seis camas separadas por cortinillas correderas, un joven espera frente a un ordenador. Va vestido del mismo color que los presos del corredor de la muerte. Empezamos bien. Lo mismo hay suerte y no trabajo más.
—¿Está usted acatarrado, tiene fiebre, qué medicación toma?
Contesto a todo.
—Quítese todo menos los calzoncillos y túmbese en esa cama.
—¿Me puedo dejar yo las braguitas? —pregunta una chica situada enfrente.
—Maricarmen, usted ha de quitarse todo porque le van a realizar una colonoscopia.
Corren las cortinillas de su box y del mío mientras nos desvestimos. Después, las descorren y el enfermero Arbeloa nos coloca una vía a cada uno.
Varios minutos de espera. Maricarmen ya ha comentado que está nerviosa. Se nota porque no para de mover las piernas. En uno de esos vaivenes se destapa sin querer. No llevo gafas, por lo que no veo nada de aquello que ella no quería haber mostrado.

Entra un señor encamillado empujado por Segismunda, la celadora. Viene grogui, normal.
—Segismundo, ¿qué tal está? Cuando se sienta más despejado, póngase boca arriba. Ahora descanse.
—Eeehg… nnmmbr… gghu.
Aparece la doctora Ramona que le ha realizado la colonoscopia a Segismundo. Arbeloa le pregunta qué tal.
—Menudo asco de día. Desde por la mañana sin parar, y encima con el problema de esos dos pacientes. No puedo más.
Muy tranquilizador.
Arbeloa pone música blandita moñas no muy alta. Tipo Kiss FM, si es que sigue existiendo Kiss FM. Ese tipo de música que utiliza un hombre cursi para ligar con una mujer no menos cursi.
—Señor Paquito, disculpe el retraso, hoy hay mucho jaleo. Pero con la música mejor, ¿verdad?
—Sí —miento, estaba mejor en silencio, relajado—. No hay problema con la espera, así sin móvil y sin hacer nada se está de maravilla, por inhabitual.
—¡Maricarmen, vamos, que te toca! —indica la celadora.
—¡Estoy nerviosa!
—No te preocupes, si no te enteras de nada, el chute es buenísimo.
Cierto, el propofol que me inyectaron cuando me hicieron la colonoscopia es uno de los mejores recuerdos que albergo.

—Segismundo, ¿bien? —se interesa el enfermero Arbeloa—. ¿Quiere un poco de agua o prefiere zumo?
—Abua, por babor. Mi muggguer está fffuera preocupada.
—No se preocupe, salgo yo a informarla de que está usted bien. ¿Cómo se llama ella?
—Antonia.
La celadora Gumersinda entra acompañando a otra paciente y la deposita en el primer box, que tiene las cortinillas echadas.
—Su mujer se ha ido ya, Segismundo —regresa jocoso Arbeloa.
—¡No pppuebe seerr!
—Es broma, ahí fuera le espera. Cuando se espabile más, puede vestirse y marcharse. Ya sabe que hoy no puede beber, fumar ni tomar decisiones peligrosas, como cambiarse del Madrid al Atleti.
Después, Arbeloa va hacia la nueva paciente y escucho que se dirige a ella como Germana. Qué nombre más raro, pienso. Pero como ella habla raro, supongo que será común en su país de origen. Sin gafas no escucho bien. Con ellas, tampoco.
—Quítese toda la ropa, Germana, pero no se preocupe, ahí tiene esa bata abierta por detrás.
—¿Las braguitas también? —pregunta muy preocupada.

—Sí, para la colonoscopia es imprescindible.
Una vez ha terminado, vuelve Arbeloa a colocarle la vía.
—Bueno, pues gracias a Dios, y un poco a mí, ya está puesta la vía. ¿De qué congregación es usted?
Anda, leche, no se llama Germana, estaba llamándola hermana.
Gumersinda también me pide disculpas por la espera. La tranquilizo, lleva mil horas seguidas trabajando y está un poco atacada. Yo no tengo prisa. Si acaso por que me droguen con el propofol.
Vuelve Maricarmen grogui en su camilla. Ya ha de tocarme pronto, supongo.
Segismundo se marcha. Arbeloa lo acompaña y lo despide:
—Ya sabe, no fume ni beba. Tampoco tome decisiones complejas. Y a creer en Dios y a ser del Real Madrid.
La doctora Ramona aparece de nuevo maldiciendo por lo bajini.
Minutos después, suena una canción de los Back Street Boys, puff. Gumersinda me conduce al interior de la sala de operaciones.
—A mí me encantaban de joven los Take That —confiesa a la enfermera Quiteria.
Vaya, no eran los Back Street Boys. Siempre confundo esas mierdas.
—A mí me gustaba mucho cómo cantaban, pero ellos no. Mark Owen era muy feo.

Yo recuerdo que Owen era bajito y le birló un Balón de Oro a Raúl, pero no que fuese feo en absoluto.
La doctora Ramona, todo amabilidad y profesionalidad, me explica el procedimiento. Me colocan de la misma manera que cuando la colonoscopia. Les recuerdo que es una gastroscopia. Ya lo saben, me dicen. Me da por pensar si utilizarán el mismo aparato para hacer una cosa y la otra. Espero que no. O al menos que lo limpien con esmero.
La enfermera Quiteria me coloca una bola en la boca sujeta por cinchas, como a Bruce Willis en Pulp Fiction. Entonces llega el mejor momento del año: el chute de propofol. La nada. Qué maravilla.
Despierto feliz y relajado. Estoy in the sky with diamonds. Sin preocupación alguna.
—El propofol es buenísimo, ahora entiendo a Michael Jackson. Bueno, solo en eso, claro. ¿Cómo puede conseguirse más de esto?
—En el mercado negro. O sobornándome —contesta Arbeloa.
—He oído antes que eres del Madrid —ya le tuteo—. Yo escribo en La Galerna, visita la web, te gustará —le recomiendo.
Me visto y salgo. Espero a que me informen.
—Ha ido todo bien —me notifica la doctora Ramona.
—Muchas gracias, todo ha ido fenomenal. Solo un apunte: dígale a Aaron que en lugar de Take That, pinche I Wanna Be Sedated.